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Cuatro formas de ir al trabajo

No me estoy refiriendo a ir al trabajo andando, en bicicleta, en moto, en coche, en metro o en autobús, ya que entonces serían más de cuatro, aunque creo que ya habréis imaginado que la cosa no va por ahí.

Antes de comenzar a desarrollar el artículo comienzo por lo que ya se está convirtiendo aquí en algo habitual, echar mano del diccionario de la Real Academia de la Lengua para ver la definición de alguna de las palabras clave que aparecen en él.

Os confieso que al leer algunas de las acepciones utilizadas para definir el término “trabajo” me he quedado patidifuso:

  • Ocupación retribuida.
  • Dificultad, impedimento o perjuicio.
  • Penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz.
  • Estrechez, miseria y pobreza o necesidad con que se pasa la vida.

 

La primera definición la considero acertada, más allá de entrar en si la retribución recibida está en consonancia y es equitativa a las tareas realizadas, ya que eso daría para todo un artículo.

Las otras tres descripciones me han llevado a pensar, en un principio, que la RAE había sufrido un lapsus y en realidad lo que quería es definir el término en la modalidad de “trabajos forzados”.

Con este panorama tenemos dos opciones, resignarnos y considerar el trabajo como “un castigo divino”, llevando esa pesada carga a nuestras espaldas hasta que llegue el día de nuestra jubilación o pasar a la acción o ponernos manos a la obra para que el tiempo que dedicamos a “ganarnos el pan” sea algo que forme parte de nuestra vida de manera equilibrada.

Es clave encontrar “argumentos en positivo” que nos ayuden a saber desenvolvernos tanto en momentos agradables y satisfactorios como en circunstancias rodeadas de mayor dificultad o tensión.

A continuación, voy a enumerar cuatro de las situaciones que suelen darse a consecuencia de esa “definición interna” del concepto trabajo, que no solemos hacer pública pero que determina en grado sumo nuestra actitud y rendimiento.

Situación 1:

Nuestra actividad laboral está directamente relacionada con esa vocación que a veces desde muy temprana edad tenemos bien claro que nos apasiona y, por otro lado, la organización para la que trabajamos impulsa nuestro talento.

Se nos apoya, se nos dan facilidades para que nos encontremos a gusto, para actualizar nuestra formación y para que sigamos creciendo, puesto que eso repercute también en los resultados de la empresa.

Si es así, no hace falta que compres ningún décimo de lotería en Navidad, puesto que el premio grande te toca durante cada jornada laboral, ya que este primer caso mencionado aún no es demasiado habitual en las organizaciones empresariales.

Situación 2:

Desarrollamos funciones que sí que tienen que ver con nuestras preferencias y para las que nos hemos preparado a conciencia, aunque la manera en la que nos permiten desempeñarlas se ajusta poco a como “las habíamos soñado”.

Tenemos que adaptarnos, con escaso margen de maniobra para la creatividad, la aportación de ideas y el desarrollo de iniciativas propias.

En este caso, la sensación es agridulce e influye sensiblemente en el rendimiento y los resultados.

Una opción acertada es dejar pasar un tiempo para sopesar que influye más en la balanza de nuestras expectativas, si la satisfacción de estar trabajando en lo que nos gusta o la incomodidad de sentirnos muy limitados en nuestras posibilidades de crecimiento y capacidad de aportación a la empresa.

Situación 3:

El puesto que tenemos asignado es de tareas que no tienen nada que ver con nuestros estudios ni con nuestra preparación, a esa desilusión inicial hay que sumarle que no se nos permite tener iniciativas ni se tienen en cuenta nuestras opiniones.

No solo estamos en medio de un trabajo que no va con nosotros, sino que además las relaciones con las personas que integran la plantilla, bien sea desde jerarquías que dictan ordenes que hay que asumir o desde puestos similares a los nuestros, no se mueven desde comportamientos de respeto, empatía y colaboración.

Si esta situación es generalizada en la empresa, se está propiciando un caldo de cultivo que hará que el ambiente tenga una toxicidad elevada y si no se toman cartas en el asunto para sanear y cambiar en profundidad la filosofía de la organización, es probable que termine desapareciendo.

Si por el contario eres tú, en minoría, quien no conecta en absoluto, a pesar de haberlo intentado, con algo que para los demás compañeros es aceptado con normalidad, te recomiendo que vayas elaborando una estrategia de cambio de trabajo para llevarla a cabo en cuanto te sea posible.

Permanecer durante largo tiempo, como pueden ser años, en un ambiente en el que no encajas afectará a tu equilibrio psicológico, con el riesgo incluso de somatizar la situación hacia problemas de salud.

En el fondo si te vas, el favor es mutuo porque la empresa seguramente ya te habrá etiquetado como “un bicho raro”, achacando tus objeciones y posiblemente rendimiento irregular a no saber adaptarte ni acatar órdenes. Tu marcha les supondrá cierto alivio para continuar funcionando “como toda la vida”.

Situación 4:

Nos dedicamos a realizar tareas que están alejadas de nuestras preferencias, aunque percibimos que el ambiente laboral que nos rodea es positivo, el trato que recibimos es de respeto y la actitud de la gente que trabaja con nosotros es colaborativa.

La mayoría de las personas que forman la organización están dispuestas a ayudarnos en el camino de aprendizaje de nuestra nueva actividad, conscientes de que nos iremos adaptando poco a poco.

He dejado para el final el punto cuarto, porque creo que son muchas las ocasiones tal y como está establecida la actual sociedad de consumo, en las que tendremos que buscar y aceptar trabajos que no tienen relación con lo que verdaderamente nos gusta.

Es crucial saber encontrar una motivación y sentido en ellos para rendir adecuadamente, poder alcanzar un grado importante de bienestar e incluso tener la sensación de sentirnos en cierto modo realizados.

Para llegar a las conclusiones anteriores y apostar por la empresa en la que trabajamos, a pesar de ejercer tareas que no eran las que pretendíamos en principio, va a tener mucho peso el tipo de ambiente laboral que nos rodee en el día a día.

Si queremos estar dentro de nuevas modalidades profesionales y comportamentales que empiezan a posicionarse con fuerza, tenemos que acostumbrarnos a vivir con la mente abierta a una continua adaptación al cambio y al aprendizaje, a lo largo de nuestra vida laboral.

En definitiva, entrenémonos para levantarnos cada día con ganas de aportar, con buen humor y con una actitud positiva para que dar lo mejor de nosotros mismos…No nos cueste trabajo.